4 de agosto de 2015.

Cuando hacía poco que habíamos entrado en el País Vasco vimos que íbamos muy bien de horario, así que nos desviamos para pasar por Vitoria. Queríamos ir otro otro día, pero ya que pasábamos tan cerca, pasamos a ver que tal.

Vitoria no está en la misma autopista que une Zaragoza con Bilbao, por lo que hay que hacer un tirabuzón extraño para coger, ahora sí, la autovía hacía Vitoria. Digo extraño ya que hay momentos en que estás circulando varios kilómetros en dirección contraria para finalmente enlazar con la autovía correcta. Una vez en ella, te tranquilizas ya que vas en buen camino pero dura poco ya que empiezas a sudar pensando que te has equivocado cuando ves que has entrado en Castilla y León. No pasa nada, estamos atravesando el Condado de Treviño, una anomalía administrativa que hace que un trozo vasco pertenezca a Burgos. En poco tiempo llegamos a Vitoria, paraíso de las rotondas, y de las zonas ajardinadas.

Dejamos el coche al sur de la estación de tren, zona gratuita y con poco tráfico en verano ya que es zona universitaria. Antes hemos pasado por verdes avenidas con chalets y múltiples casas unifamiliares demasiado bonitas para mi bolsillo.

Una vez cruzado el paso subterráneo de las vías del tren llegamos a la ciudad en si. Caminamos por una zona peatonal, con tiendas y lugares para tomar algo. Nos percatamos de dos cosas: que las tiendas están cerradas y que escuchamos ruido de fondo y mucho barullo. Al poco comenzamos a ver hordas de jóvenes con ropa de octava mano cargados con botellas y garrafas de 5 litros de plástico llenas de un misterioso liquido morado. Nos acercamos a la céntrica plaza de la Virgen Blanca, no podemos entrar, está llena de gente sentada en el suelo, charlando entre si y tirándose los unos a los otros ese liquido morado que huele demasiado a vino de Tetra Brick. Están esperando que lancen el Celedón. ¡Bingo!  Son las fiestas de Vitoria y nosotros con un bebé. Una familia más perdida que nosotros nos pregunta que si es la fiesta del vino. No lo es, pero seguro que se le parece.

Nos alejamos y abandonamos el llano y subimos las cuestas que nos llevan a la nuez central que forma el barrio antiguo de Vitoria. Son casas antiguas donde la madera y la piedra se combinan. Las calles paralelas se comunican entre si vía cuestas pronunciadas, escaleras o rampas automáticas. Como el centro se ve rápido, volvemos hacía el coche, nos escabullimos por callejones que huelen a vino y orina y llegamos al llano de nuevo. La policía vigila que no se entre en la zona vinicola con carritos donde llevar más alcohol. Al final volvemos a la zona de jardines, cruzamos las vías del tranvía (que suponemos no funciona por la cantidad de gente que hay caminando por las vías). La ciudad está de fiesta y nosotros hemos elegido el mejor día para conocerla.