Al convertirme en padre una de las cosas que pensé era como compaginaría la excursiones por el campo o montaña y llevar encima a un bebé. Descartando la sillita por incomoda y por no ensuciarla, nos quedaba la solución Pro. Las mega mochilas de porteo de aspecto casi profesional, esas que escogerías para subir al K2 o al Everest. Yo las veía y sentía admiración y terror al mismo tiempo. Gran capacidad, súper acolchadas, con una estructura metálica de tubos, el niño iría cómodamente sentado, ¡con su parasol y todo! y yo llevaría el peso del niño más unos insignificantes 3 o 4 kilos de la mochila… total para dar una vuelta por el Tibidabo o el Montseny.

Como no era un tema imprescindible al principio lo olvidé o no le daba muchas vueltas al tema, el tiempo pasó y acabamos probando y comprando una mochila portabebés de tela de la marca Manduca. Nos daba la sensación de que nos habíamos unido a una secta, era todo muy hippy, como muy natural y saludable, de hecho el distribuidor en España se llamaba Crianza Natural, que a mi me sonaba algo muy de hippies que fuman hierba y todo es paz y amor. Asociaciones raras que le vienen a uno a la cabeza. Pero resultó que no fue solo una buena idea, no, si no que había sido una maravillosa idea. Era genial. Era ideal para ir en metro, en el bus, ir de compras, lugares con mucha gente o con escaleras donde una sillita era realmente incómoda. Tanto servia para pasear como para dormirlo cuando estaba intranquilo.

El tiempo ha seguido pasando y ya no necesitamos una mochila Pro, la nuestra de tela nos ha acompañado tanto en ciudad como en montaña. Y lo que es mejor es ligera, ocupa poco espacio, se puede lavar, el niño se duerme en ella y lo más importante: sólo cargamos con los doce kilos de nuestro polluelo.