Tras la Ciudadela y la Taconera, entramos a parte antigua de Pamplona por el Mirador del Caballo Blanco, un baluarte que mira al norte, teniendo a sus pies el Arga. Allí comimos y nos desplumaron un poco, pero bien bueno que estaba (aunque para mi gusto las patatas bravas picaban demasiado).

Fuimos bajando hasta el ayuntamiento y su plaza, más pequeña de lo que pensaba. Realmente impresiona ver la cantidad de personas que debe haber comprimidas en fiestas. Allí tienen de muestra una parte de la valla de madera que se usan en los San Fermines. Como curiosidad decir que a lo largo del recorrido hay unas tapas metálicas en el suelo que es donde van encajadas las vallas.

Un poco más abajo tenemos la calle Estafeta, que yo pensaba que hacía bajada y no, hace ligera subida conforme vas llegando hacía el sur. A un lado de Estafeta tenemos la Plaza del Castillo, una gran plaza cuadrada (antiguamente estaba aquí el castillo) donde multiples bares y restaurantes los flanquean.

Si seguimos por Estafeta llegamos a la plaza de Toros, que no me acabó de gustar ya me la imaginaba más antigua y es moderna (1920) y de hormigón. Cerca está el monumento al encierro. Se trata de la representación de unas personas y un toros en metal a una escala ligeramente mayor a la verdadera, nos gusto bastante.

Podemos callejear por las calle peatonales que hay de Plaza del Castillo hacía la Taconera. Como la ciudad forma parte del Camino de Santiago es habitual ver peregrinos por la ciudad e incluso tiendas pensadas para sus necesidades, donde vendén mochilas, bastones, ropa, útiles, etc. Por lo demás, Pamplona es una ciudad mediana-pequeña que permite ser vista, y disfrutada, en un un día.