6 de mayo 2014: Tras alojarnos en un inmundo hotel al otro lado del Guadalquivir, fuimos paseando hasta el centro de Córdoba. Caía un Sol de injusticia agravado por la ausencia casi total de arbolado en los margenes del río lo que motivó la compra de un par de sombreros.

Con estos sombreros de los cuales nos hicimos muy amigos en lo sucesivo, cruzamos el puente y bordeamos la Mezquita por el lado izquierdo donde la calle adoquinaba se ensancha un poco. Aquí y justo aquí un par de gitanas armadas con sendas ramitas de romero nos abordaron para darnos la buenaventura sobre nuestro futuro, descubrimos que según ellas que para compensar tamaña gesta el dinero el malo y que era mejor el papel sobre todo si adquiría forma de billete.

Nos marchamos de allí tras unos cuantos males de ojo y entramos en La Mezquita. Básicamente es una enorme nave sostenida por cientos de columnas de mármol y tochos blancos y rojos con un resultado estéticamente bello. Simplemente es eso, a efectos prácticos no hay nada más, un bosque de columnas y arcos pero es suficiente.

Por otro lado en medio de esa gran nave hay lo que para mi es un pegote que afea el conjunto que es la catedral. Es como si hubiesen serrado el techo formando un gran rectángulo en el centro de la mezquita y hubiesen plantado la catedral más recargada que hubiese en el catalogo. De ahí lo Catedral-Mezquita de Córdoba. Finalmente si sales por el lado norte, está el patio de los naranjos, que como estábamos en mayo pudimos disfrutar no solo del color que dan las naranjas, si no de la sutil fragancia a azahar, el aroma de las flores del naranjo.